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Comencemos con algunas definiciones básicas entre nuestro empleo y nuestro trabajo: Nuestro empleo es lo que hacemos día tras día para generar ingresos. Son las tareas que realizamos, generalmente para un empleador, a veces como nuestro propio empleador, por las que recibimos dinero. Las descripciones de puestos de una empresa se redactan para quienquiera que ocupe el puesto. Una vez redactada la descripción, comienza la búsqueda para encontrar a una persona que lo haga bien.
Nuestro trabajo, por otro lado, es para lo que Dios nos diseñó. Es nuestro propósito de estar aquí, para lo que fuimos creados de manera única. Está claramente vinculado a los dones, talentos, pasiones y recursos que Dios nos ha dado. Si bien muchas personas pueden tener empleos idénticos, no hay dos que tengan el mismo trabajo, porque cada uno de nosotros tiene un plan único para su vida.
Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10).
Esas obras que Dios preparó para que cada uno de nosotros las haga: ese es nuestro trabajo. Debemos comprender la diferencia. Cuando no la tenemos clara, podemos encontrarnos con muchas dificultades.
Por ejemplo, uno de nuestros errores más comunes es esperar que nuestro empleo nos llene. Antes, los estadounidenses parecían estar enamorados de sus carreras, pero ¿te has dado cuenta de cómo está cambiando ahora, y cambiando rápidamente? Vemos cómo las industrias se reorganizan, las empresas reducen su personal y los niveles directivos se reducen en casi todas las empresas e industrias. La gente ya no espera laborar para un solo empleador a lo largo de su carrera y construir una relación familiar como antes. Esta pasión que sentíamos por nuestras carreras se está convirtiendo cada vez más en una atracción fatal.
Sin embargo, debido a que hemos visto nuestros empleos como nuestro trabajo, muchas personas siguen buscando en el entorno laboral el significado y el propósito de sus vidas. Si no conoces la diferencia entre tu empleo y tu trabajo, puedes ver lo aterrador y desilusionante que esto puede ser para algunas personas. Pierden su empleo y pierden su identidad.
Ahora bien, como cristianos en el ámbito laboral, necesitamos una perspectiva bíblica de nuestro trabajo, ¿no es así? Permíteme preguntarte: Como cristiano, ¿es esencial para ti tener un empleo que te satisfaga personalmente? ¿Es ese tu derecho? ¿Debería ser tu prioridad en la vida?
Tengo la sensación de que, si eso fuera cierto, muchos de ustedes dirían ahora mismo: “Mi empleo no me llena”, y tendríamos que concluir que tu vida es un desastre. Pero la buena noticia es que podrías decir: “Mi empleo no me llena mucho, pero mi vida es plena porque conozco el trabajo que Dios me ha encomendado. Eso llena mi vida de actividad significativa”.
Consideremos algunas diferencias significativas entre nuestro empleo y nuestro trabajo:
- Puede que tu empleo no use ninguno de tus dones; tu trabajo sí los emplea todos.
Ahora bien, ¿sabes cuáles son tus dones? ¿Conoces los dones espirituales con los que Dios te ha dotado? Todos tenemos al menos un don espiritual, y muchas veces varios. Analicemos brevemente Romanos 12 para aprender un poco sobre estos dones.
Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe; si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe; si es el de animar a otros, que los anime; si es el de socorrer a los necesitados, que dé con generosidad; si es el de dirigir, que dirija con esmero; si es el de mostrar compasión, que lo haga con alegría. (Romanos 12:6-8).
Y de nuevo en 1 Corintios 12 leemos:
A cada uno (es decir, a todo creyente) se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás. (1 Corintios 12:7).
La manifestación del Espíritu es tu don o dones. Si has nacido de lo alto si has nacido de nuevo, has sido bendecido con un don, y la razón por la que lo has recibido es para que puedas bendecir a otros con él.
Lo bueno de nuestros dones es que nos encanta hacerlo, y no nos resulta difícil. Dios es un administrador increíblemente inteligente de sus recursos humanos. Él sabe que, si amo hacer lo que tengo que hacer, lo haré mucho mejor. Por lo tanto, no solo me da dones para usarlos para el bien común del Cuerpo de Cristo y para glorificar su nombre, sino que también me da amor y alegría al hacerlo.
Es un gozo ejercitar tus dones, ¿verdad? Eso no significa que nunca te canses ni te agotes, ni que no quieras escaparte de vez en cuando. Pero sé, como tú, que con pocos días lejos de mi trabajo, ya me siento inquieta. Estoy lista para volver.
No es así con mi antiguo empleo. Viajaba por todo el país participando en seminarios de negocios. Esperaba con ilusión las semanas sin viajar y tenía que pensar con fuerza y positividad para no deprimirme un poco cuando se acercaba un viaje. Cuando tomé la decisión de dejar ese trabajo para no tener que volver a viajar así, no derramé ni una lágrima. Ese era mi empleo.
Si me dijeras que nunca podría usar estos dones que Dios me ha dado, me sentiría vacía. La vida no tendría sabor. Mis dones son las cosas que le dan sentido y propósito a mi vida, porque vienen de Dios para ser usados para Él.
- Tu empleo inevitablemente generará ingresos; Tu trabajo puede que nunca lo genere.
Todos estamos dispuestos a ir a laborar a diario, principalmente porque recibimos un salario o una compensación regular por hacerlo. Viajaba por todo el mundo asistiendo al mismo seminario una y otra vez porque me enviaban un cheque, y lo necesitaba para pagar mis cuentas. Si me hubieran dicho: “Mary, hemos decidido que ya no podemos pagarte por estos seminarios, pero esperamos que lo sigas haciéndolo. Eres buena en ellos y nos gusta lo que haces”, les habría dicho: “Bueno, gracias, pero ya no me verás por aquí. Me empleo por el dinero”.
No digo que no puedas disfrutar de tu empleo o que no haya otros factores de motivación y recompensas involucrados. Pero me sorprendería mucho encontrar a alguien que siguiera yendo a su empleo a diario sin compensación.
Puede que tu trabajo nunca te pague ni un solo dólar, pero te brindará beneficios invaluables. Cuando haces tu trabajo, el llamado de Dios para hacer, depositas dinero en el banco celestial de Dios, donde los ladrones no entran ni roban, y el óxido no puede destruir tu inversión. No es que no tengas remuneración; simplemente se deposita en otro banco y se mantiene como una inversión a largo plazo.
En nuestra sociedad, donde se valora a las personas por el tamaño de sus salarios y cuentas bancarias, esta es una perspectiva totalmente diferente a la que nos adaptamos. Este es uno de esos aspectos en los que debemos luchar para no permitir que el mundo nos encasille en su molde, en su forma de pensar. Tú y yo necesitamos tener en mente una imagen del banco de Dios en el cielo. Ahora, somos juzgados y valorados por el tamaño de nuestras cuentas en el banco de Dios. ¿Qué has estado depositando por adelantado?
Nuestro trabajo —hacer lo que Dios nos ha llamado y dotado para hacer— deposita dinero en el banco celestial, mientras que nuestros empleos generalmente solo depositan dinero en el banco terrenal. Hay una gran diferencia entre ambos.
- Siempre hay alguien más que puede hacer tu empleo; pero nadie más puede hacer tu trabajo.
Si llamaras a tu jefe el lunes y le dijeras: “No vuelvo; no me volverás a ver”, ¿adivina qué? Sobreviviría. Podría causar algunos problemas temporales, pero pronto alguien ocuparía tu lugar, aprendería tu trabajo y lo haría. El mundo seguiría girando sin ninguna interrupción.
A todos nos gusta pensar que somos indispensables, pero en nuestros empleos no lo somos. Sin embargo, eres indispensable en tu trabajo. Si no haces el trabajo que Dios te ha llamado a hacer, no se hará. Nadie más puede hacerlo. Es un pensamiento aterrador y, francamente, debería asustarnos pensar, que podríamos perder el trabajo que Dios nos ha llamado a hacer.
Tu rincón del mundo es adonde has sido enviado. Las personas con las que interactúas a diario son tu grupo especial. Si no usas tus dones para hacer la obra de Dios para las personas de tu mundo, nadie más llenará el vacío. Quedará inconcluso.
- Tu empleo a veces puede generar frustración; tu trabajo la mayoría de las veces, dará fruto.
Los empleos no garantizan tranquilidad interior ni logros. Puedes laborar con todas tus fuerzas y nunca sentir que has hecho mucho. Puede que nunca recibas el reconocimiento adecuado por tu empleo, e incluso otros pueden atribuirse el mérito. Quizás descubras que cuanto más te esfuerzas en tu empleo, más frustrante es. A menudo, nuestros empleos nos traen mucha frustración, por diversas razones.
Por otro lado, tu trabajo te llenará de energía, porque sabes que estás haciendo algo eternamente significativo. Tu trabajo te traerá satisfacción. Es cierto que puedes cansarte de tu empleo, pero no te cansarás del trabajo. Puede que experimentes algunas frustraciones a corto plazo asociadas con tu trabajo, pero siempre te traerá algo fructífero en tu vida.
