Presentado por Julie Busteed

Hemos estado viendo algunos proverbios de Jesús. Aquí hay otro proverbio de su Sermón del Monte:

No juzguen a los demás, y no serán juzgados. Pues serán tratados de la misma forma en que traten a los demás. El criterio que usen para juzgar a otros es el criterio con el que se les juzgará a ustedes (Mateo 7:1-2).

Esas palabras siempre me hacen reflexionar. Me resulta fácil asumir que no soy una persona crítica. Pero cuando me detengo y examino mis pensamientos —los comentarios silenciosos que me rondan la mente, las sutiles observaciones que hago— me doy cuenta de que no soy tan inocente como me gustaría creer. Y es entonces cuando la confesión y el arrepentimiento se hacen necesarios.

Jesús no nos dice que abandonemos el discernimiento. Estamos llamados a pensar con sabiduría y a evaluar las situaciones con cuidado. Hay una diferencia entre discernimiento y juicio. El discernimiento busca la verdad. El juicio a menudo busca elevarnos a nosotros mismos. Tú y yo no debemos juzgar a los demás para edificarnos. Cada uno de nosotros tiene áreas de crecimiento. Todos tenemos puntos ciegos.

Jesús continúa con una imagen vívida: ¿Y por qué te preocupas por la astilla en el ojo de tu amigo, cuando tú tienes un tronco en el tuyo? ¿Cómo puedes pensar en decirle a tu amigo: “Déjame ayudarte a sacar la astilla de tu ojo”, ¿cuándo tú no puedes ver más allá del tronco que está en tu propio ojo? ¡Hipócrita! Primero quita el tronco de tu ojo; después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo. (Mateo 7:3-5).

Es una imagen impactante: una astilla diminuta contra un tronco enorme. Y, sin embargo, ¿con qué frecuencia me concentro en la astilla?

Para mí, suelen ser los pequeños juicios internos, las críticas silenciosas que no sirven para nada. No ayudan a la otra persona. No me ayudan a mí. De hecho, solo crean estrés y tensión innecesarios en mi propio corazón.

¿Por qué me preocupo tanto por los problemas de los demás, especialmente cuando yo misma puedo estar pasando por algo similar? Quizás por eso lo noto tan rápido. A veces, lo que más nos irrita en los demás revela algo que Dios quiere abordar en nosotros.

Las palabras de Jesús invitan a la humildad. Antes de señalar la falla de alguien, necesito permitir que el Señor examine mi propio corazón. Quita el tronco. Haz la obra del arrepentimiento. Pídele que ablande mi espíritu. Ora como oró el rey David: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna (Salmo 139:23-24).