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Presentado por Jenn Miller
Mientras seguimos explorando los testimonios de lamento femenino en la Biblia, hoy nos centramos en María, la madre de Jesús.
Poco después del nacimiento de Jesús, María y José lo presentaron en el templo. Allí, un hombre llamado Simeón, guiado por el Espíritu Santo, reconoció al niño Jesús como el Mesías prometido y largamente esperado. Profetizó que Jesús causaría la ruina de muchos. Pero entonces Simeón se dirigió a María y le reveló otra profecía: que una espada traspasaría también su alma.
Si eres madre, sabes la intensidad de la maternidad. Recuerdo las reacciones físicas al oír llorar a mi bebé. Sientes el dolor de la rodilla raspada de tu pequeño. Las madres comparten el dolor del rechazo de un hijo en el patio de recreo, o las profundas heridas que puede traer la adolescencia.
María no fue diferente: Jesús era su Salvador, pero también su primogénito. ¿Puedes imaginar la agonía que sintió al pie de la cruz al ver a su hijo ridiculizado y torturado? Fue como una espada que le atravesó el corazón. Y Jesús vio su dolor desde la cruz.
Cuando Jesús vio allí a su madre y al discípulo a quien amaba (Juan) de pie junto a ella, le dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Desde entonces, este discípulo la acogió en su casa (Juan 19:26-27).
En medio del profundo lamento de María, Jesús la consuela enviándole a alguien. Esto resulta un tanto sorprendente, pues María tenía otros hijos e hijas que podían atender sus necesidades físicas, pero en ese momento no creían en Jesús. Jesús le da a María a Juan como alguien que puede cuidar de su alma.
Amigo, una de las maneras en que Jesús cuida con más frecuencia a su pueblo en su lamento, es a través de su iglesia. Estamos llamados a llevar las cargas los unos de los otros. ¿Le darías a un hermano en la fe el privilegio de acompañarte en tu dolor? Oro hoy para que tú y yo busquemos oportunidades para cuidar de quienes sufren, así como para recibir nosotros mismos el cuidado de los santos.
