¿Alguna vez te has sentido atraído en dos direcciones? Por un lado, sabemos por las Escrituras que debemos aceptar quiénes somos en Cristo. Se nos dice que no nos comparemos con los demás ni envidiemos quiénes son o lo que tienen. Sabemos que fuimos diseñados de forma única por Dios, creados con un propósito, y que debemos apreciar su obra en nosotros.

Pero por otro lado —si eres como yo— también sabes que hay cosas sobre ti mismo que no deberías simplemente aceptar. Hay fallas. Debilidades. Inmadureces. Vemos a otros que parecen tener todo bajo control, y sentimos la brecha entre quiénes somos y quiénes deberíamos ser. Aquí está el dilema: ¿Cómo aceptamos quiénes somos cuando sabemos que aún no somos todo lo que deberíamos ser?. ¿Cómo podemos creer que somos especiales tal como somos, sabiendo que aún nos falta mucho por crecer?.

Parece casi una misión imposible; un contrasentido sin solución. Por una parte se nos exhorta a regocijarnos y celebrar quiénes somos y, por otra, somos conscientes a diario de nuestras insuficiencias y defectos.

Pero esto es lo que estoy aprendiendo: debo estar satisfecha con quién me hizo Dios —mientras permanezco amorosamente insatisfecha con el punto en que me encuentro en mi crecimiento. Satisfacción con mi diseño. Santa insatisfacción con mi desarrollo. O dicho de otra manera: acepta quién eres, pero no te conformes con dónde estás.

Ese entendimiento me ha traído una libertad tremenda. Puedo apreciar quién soy en Cristo y seguir buscando ser más como él. Veamos un par de áreas donde aparece esta tensión.

Tu cuerpo

La Escritura nos dice que somos una creación admirable. Dios nos formó en el vientre de nuestra madre. Él no comete errores. Y sin embargo, cuando nos miramos al espejo, ¿vemos su artesanía o solo los defectos?.

“Oh, si tan solo mi cabello fuera diferente”.

“Si tan solo mi rostro tuviera otra forma”.

“Si tan solo mi cuerpo fuera más delgado, más alto, más pequeño, más firme”.

Ahora, dime la verdad: ¿no nos enfocamos a menudo solo en lo negativo?. Nuestra cultura nos ha convencido de que solo existe una forma aceptable para un cuerpo hermoso. Y hemos pagado caro por creer esa mentira. Muchas mujeres se han hecho daño persiguiendo una imagen que nunca tuvo la intención de definir la belleza.

Quiero decir, mira la evidencia: Dios claramente ama la variedad. ¡Solo mira a tu alrededor todos los diferentes aspectos, tipos y formas!. Qué aburrido sería este mundo si todos viniéramos en el mismo tamaño, forma o color.

Mi querida amiga, Fran, apenas medía un metro y medio. Toda su vida fue la más baja del cuarto. Pero esa pequeña estatura se convirtió en una herramienta hermosa en las manos de Dios. Nunca resultaba intimidante.

La gente se sentía instantáneamente a gusto con ella. Podía hacerte reír en segundos. Nunca parecía extraña y, como resultado, podía hablar de forma auténtica y sencilla con las personas sobre su fe. Muchas mujeres llegaron a la fe salvadora porque se hicieron amigas de Fran. Dios usó su tamaño y su personalidad juntos de formas poderosas. Su altura no fue un error.

Tu cuerpo tampoco es un error. Acéptalo. Da gracias a Dios por él. Míralo como su diseño. Pero no te conformes.

Cuídalo. Fortalécelo. Disciplínalo. Mantenlo sano para que pueda servir bien a Jesús. No perseguimos la perfección, pero sí buscamos la mayordomía. Nuestro bienestar físico afecta nuestra eficacia. Queremos correr bien nuestra carrera y terminar con fuerza.

Hace muy poco me impactó este pasaje del Salmo 92:

” El justo florecerá como la palmera… Incluso en la vejez aún producirán fruto; seguirán verdes y llenos de vitalidad. Declararán: «¡El Señor es justo! ¡Es mi roca!… Salmo 92:12-15

A medida que los años se acumulan, tu cuerpo pasa por cambios. Pero me encanta la verdad de que todavía podemos dar fruto incluso al envejecer y estar “verdes y llenos de vitalidad”. No quiero quedarme sin gasolina. No quiero que se me prohíba el ministerio porque mi cuerpo me falle.

Ahora bien, hay algunos problemas físicos sobre los cuales tú y yo no tenemos control. Pero nuestro comportamiento y disciplina determinan en gran medida qué tan bien nos vamos a sentir, cuánto vamos a durar, qué tan claramente podemos pensar, qué tan rápido podemos reaccionar y cuánto podemos lograr. No quieres conformarte con nada menos que lo mejor de Dios para ti, ¿verdad?.

Acepta el cuerpo que Dios te dio, pero no te conformes con simplemente sobrevivir, por el descuido

Tu personalidad

Lo mismo ocurre con tu personalidad. Dios no hace cristianos cortados por el mismo molde, ¿no te alegra? Algunos somos extrovertidos; otros son reservados. Algunos lideran naturalmente; otros apoyan fielmente. Algunos son habladores; otros saben escuchar. Cada personalidad conlleva fortalezas.

La persona extrovertida hace amigos fácilmente. La tranquila escucha profundamente. El líder proyecta la visión. El constante trae paz.

Ahora, dime la verdad, ¿estás satisfecho con la personalidad que Dios te ha dado?. ¿Sabes siquiera cómo es? Deberías, y deberías apreciar esa personalidad.

Mi amiga, Afton, luchó con su personalidad de introvertida. Pensaba que era un defecto negativo que necesitaba corregir. Pero Dios le ha mostrado exactamente lo contrario. Su personalidad como introvertida tiene atributos increíblemente maravillosos. Es una gran oyente y se preocupa mucho por los demás. De hecho, ha escrito un libro llamado: Vivir conectados: una guía para introvertidos sobre la amistad, que es simplemente maravilloso, y ha ayudado a muchas mujeres a ver su personalidad tranquila como un regalo de Dios.

Durante muchos años pensé que mi personalidad de tipo emprendedora y de tomar el mando era un error; me parecía que las mujeres no deberían ser como yo. De hecho, cuando era estudiante universitaria, intenté una vez cambiar mi personalidad. Pensé que por un acto de voluntad podría ser como otras chicas de mi universidad que parecían tener personalidades más apropiadas que la mía. Intenté intencionalmente cambiar mi personalidad. El esfuerzo duró unos pocos días. No pude mantenerlo y no tuvo éxito; de hecho, fue un fracaso total. En lugar de mejorar mi personalidad, resulté falsa y fingida, ¡que por supuesto lo era!.

Con el tiempo, empecé a apreciar cómo me hizo Dios. Con todos mis bordes toscos. Me tomó demasiado tiempo llegar allí, pero a medida que me sentía más y más satisfecha con cómo Dios me había hecho y apreciaba su creatividad en mí, hubo una gran libertad. Libertad de la comparación, de la competencia, de la envidia. Cuando estás en paz con quien eres, puedes celebrar genuinamente quiénes son los demás.

Pero de nuevo —aceptar no significa excusar. He tenido mucho que aprender y orar para cambiar en mi propia personalidad, y todavía tengo que trabajar en ello. Puede que esté orientada a proyectos, pero eso no es excusa para ser insensible. Puede que sea habladora, pero eso no significa que no deba aprender a escuchar.

Toda personalidad tiene debilidades intrínsecas. No podemos decir: “Es que yo soy así”, y usar eso como excusa para dejar de crecer, para pasar por alto cosas en nosotros mismos que necesitan ser cambiadas. En cambio, damos gracias a Dios por las fortalezas y le invitamos a lijar los bordes ásperos. Cuando realmente aprecias lo bueno de cómo Dios te hizo, no te sentirás aplastada cuando él te revele áreas que necesitan pulirse.

Y he descubierto que Dios siempre trata mis defectos personales con mucha paciencia y ternura. Él es un Padre muy bueno y se preocupa por nuestros sentimientos. Él nos conoce mejor que nosotros mismos, y su propósito es transformarnos cada vez más a la imagen de Jesús. Puedes confiar en que él sabe cómo ayudarte a crecer y madurar en tu camino de fe.