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Hablo de la soledad. No solo de extrañar a alguien a quien amas, sino de esa sensación invasiva de soledad que controla la vida de tantas personas. De hecho, hoy en día nos encontramos en una epidemia de soledad, con cada vez más personas sintiéndose solas, excluidas y aisladas.
Es importante entender que la actividad, las personas y el matrimonio no son la cura para la soledad. Si lo son, estamos condenados a una vida de altibajos, porque nada de eso está garantizado. Las actividades van y vienen, la gente entra y sale de nuestras vidas, el matrimonio más maravilloso del mundo puede romperse con la muerte.
Si te sientes solo hoy, ¿estás dispuesto a dejar que Dios cambie tu forma de pensar sobre la soledad? Ahí es donde empezamos. Pero se necesita más que eso. Dios reconoció nuestra necesidad de compañía, de ser amados y sentirnos seguros. Y ha provisto para esa necesidad por completo.
Nunca te dejaré; nunca te desampararé (Hebreos 13:5).
Si aplicas esta increíble promesa a tu vida diaria, puede ser el comienzo de la liberación de esos horribles sentimientos de soledad.
Por favor, créeme. No es un cliché; ¡es la verdad! Ese lugar solitario dentro de ti puede llenarse cuando aprendes a vivir con la certeza de que Jesús es el Señor siempre presente. Ese es su regalo para ti cuando naces de lo alto.
Permíteme compartir contigo un poema anónimo que lo dice muy bien:
Hay un misterio en los corazones humanos; Y aunque nos rodee una multitud
de quienes nos aman y son amados,
a cada uno de nosotros, de vez en cuando,
le llega una sensación de absoluta soledad:
nuestro amigo más querido es ajeno a nuestra alegría,
y no puede comprender nuestra amargura.
Así que cuando sentimos esta soledad, es
la voz de Jesús que dice: “Ven a mí”;
y cada vez que no somos comprendidos,
es un llamado a volver;
porque solo Cristo puede saciar el alma,
y quienes caminan con él día a día,
nunca podrán tener un “camino solitario”.
¿Y sabrías la razón de esto?
Es porque el Señor desea nuestro amor:
en cada corazón desea ser el primero.
por eso, él mismo guarda la llave secreta,
para abrir todas sus cámaras y bendecir
con perfecta compasión y santa paz,
a cada alma solitaria que acude a él.
Con Cristo no tienes que sentir esa desesperación constante de la soledad. Él vino a abolirla, y es totalmente capaz de hacer precisamente eso, si se lo permites.
