Podcast (podcast-spanish): Play in new window | Download (Duration: 3:40 — 8.4MB)
Presentado por Julie Busteed
El trabajo puede estar sobrevalorado o infravalorado. Cuando se sobrevalora, puede convertirse silenciosamente en un ídolo, en una identidad. Entonces, ¿cómo puedes controlarlo?
¿Qué pasa si realmente disfrutas de tu trabajo y quieres tener éxito? Tienes metas: tal vez ascender, conseguir un puesto o trabajar en un lugar prestigioso. ¿Está mal? ¿Se está volviendo el trabajo demasiado importante? ¿Ha comenzado a definir tu vida? Creo que todo se reduce a la postura de nuestro corazón.
El rey Salomón, un hombre que tuvo más éxito y recursos de lo que la mayoría podría imaginar, reflexiona sobre esto en Eclesiastés. Escribe: «Me engrandecí y acumulé más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén, y en todo esto mi sabiduría permaneció conmigo. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan ni rehusé a mi corazón placer alguno; porque mi corazón se alegraba de todo mi duro trabajo. Esta fue mi parte de todo mi duro trabajo. Luego yo consideré todas las cosas que mis manos habían hecho y el duro trabajo con que me había afanado en hacerlas, y he aquí que todo era vanidad y aflicción de espíritu. No había provecho alguno debajo del sol (Eclesiastés 2:9-11).
Esto me suena a esfuerzo y ambición. Él tuvo éxito y logró muchas cosas. Pero al final, el rey Salomón reflexiona y se siente vacío. No se negó nada, pero nada lo llenó. También escribe en el Salmo 127:1 que si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores. La ambición y el esfuerzo no son inherentemente algo que deba evitarse. Pero si no priorizas tu relación con Dios, si no confías en él, si no caminas a diario con él, entonces todo es en vano.
La pregunta no es si debemos trabajar duro, buscar la excelencia o ir tras el próximo ascenso, sino para quién trabajamos y por qué. Cuando nuestro trabajo se entrega a Dios, se convierte en más que esfuerzo. Se convierte en administración. Podemos mantener la ambición con los brazos abiertos, confiando en que nuestro valor no reside en lo que logramos, sino en quiénes somos. Al encomendar nuestro trabajo al Señor, él le da sentido, dirección y un propósito duradero, mucho más allá de lo que podríamos lograr por nuestra cuenta.
Pon en manos del Señor todas tus obras y tus proyectos se cumplirán. (Proverbios 16:3).
Ruego que pienses en tu trabajo, sea cual sea, como para el Señor, para que seas un buen administrador para que otros vean su luz en tu vida.
