Hace años, alguien me envió esta historia, que ilustra una verdad maravillosa. Permíteme contártela.

En un caluroso día de verano en Florida, un niño pequeño decidió nadar en el antiguo estanque detrás de su casa. Se lanzó al agua sin darse cuenta, mientras nadaba hacia el centro del lago, de que un caimán se acercaba a la orilla.

Su padre vio lo que sucedía y corrió hacia el agua, gritándole a su hijo. El niño dio media vuelta para nadar hacia su padre. Era demasiado tarde. Desde el muelle, el padre agarró a su hijo por los brazos justo cuando el caimán le mordía las piernas.

Entonces comenzó una increíble lucha entre ambos. El caimán era mucho más fuerte que el padre, pero este no lo soltaba. Un granjero que pasaba por allí en su camioneta oyó los gritos, salió corriendo, apuntó y disparó al caimán.

Sorprendentemente, el niño sobrevivió. Sus piernas estaban llenas de cicatrices y en sus brazos, profundos arañazos donde las uñas de su padre se clavaban en su carne en su afán por aferrarse al hijo que tanto amaba.

El periodista que entrevistó al niño le preguntó si le mostraría sus cicatrices. El niño se subió los pantalones y, con evidente orgullo, dijo: «Pero miren mis brazos. También tengo grandes cicatrices en los brazos, porque mi papá no me soltaba».

Quizás te identifiques con ese niño. Tú también tienes cicatrices. No de un caimán, sino las cicatrices de un pasado doloroso. Algunas son antiestéticas y te han causado un profundo dolor o arrepentimiento. Pero algunas heridas son porque Dios se ha negado a soltarte. En medio de tu lucha, Él ha estado ahí, aferrándose a ti.

Piensa en José. Sus hermanos lo vendieron como esclavo en Egipto. José no merecía ser tan terriblemente maltratado, pero allí estaba, esclavo y prisionero en Egipto. Pero Dios nunca abandonó a José, porque José jamás renunció a su fe en Jehová Dios. Y Dios lo usó para librar a muchas personas, incluyendo a su propia familia, de la hambruna. Me pregunto cuántas veces, mientras estaba en prisión, sintió ganas de rendirse. Todo parecía perdido, pero Dios no lo abandonó.

Si te encuentras en una situación que parece desesperada, recuerda que Dios no te asoltará si eres su hijo por la fe en Jesucristo. ¡Dios no te asoltará!