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¿Por qué nos cuesta tanto decir “no”?
En su folleto sobre cómo decir “no” sin culpa, Alice Fryling señala: “Recibimos una afirmación instantánea al decir ‘sí’. Nos motiva la idea de afrontar un reto, usar nuestros talentos o desarrollar nuestra creatividad, y evitamos la incomodidad de tener que decir ‘no'”.
Esto me viene como anillo al dedo. Hace algunos años comprendí que una de las razones por las que me esforzaba tanto era para escuchar los elogios y la aprobación de los demás. Esos comentarios me hacían sentir bien; me gustaban y quería más. Anhelaba la aprobación de la gente; alimentaba mi ego y me hacía sentir bien conmigo misma. Pero durante años estuve engañada y no me di cuenta de lo que se escondía tras gran parte de mi actividad: buena actividad, actividad ministerial.
El apóstol Pablo escribió a los Gálatas: Entonces, ¿busco ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:10).
Debes decidir a quién intentas agradar. Si tu objetivo es agradar a los demás, si necesitas la aprobación de los demás para sentirte bien contigo mismo, siempre estarás atado a esas personas, sean quienes sean, y nunca alcanzarás el éxito pleno. Es imposible agradar a todo el mundo todo el tiempo, por mucho que te esfuerces. Pero la buena noticia es que sí es posible agradar a Dios. Y he descubierto que cuando mi prioridad es agradar a Dios, suelo agradar a más personas que cuando intento agradar a los demás.
Si hoy te cuesta decir «no», examina tu corazón y pídele a Dios que te revele por qué te resulta tan difícil. Quizás descubras algunas motivaciones poco agradables, pero al hacerlo, encontrarás una verdad que te liberará.
