He estado compartiendo cinco lecciones para la vida, que se encuentran en Proverbios 3. Si te perdiste alguna, la encontrarás en nuestro sitio web christianworkingwoman.org. Aquí está la quinta lección para la vida, de los versículos 9 y 10:

Honra al Señor con tus riquezas y con los primeros frutos de tus cosechas. Así tus graneros se llenarán a reventar   y tus bodegas rebosarán de vino nuevo (Proverbios 3:9-10).

Esta es muy cercana, porque habla de dinero, y si algo nos importa, es nuestro dinero, ¿verdad? Pero créeme cuando te digo que tu camino hacia la seguridad financiera comienza con tu disposición a hacer de esta lección parte de tu vida.

¿Y cuál es esa lección? Es darle a Dios la primera parte de tu dinero. Quizás estés pensando: «Pero no soy rico y apenas tengo lo suficiente para llegar a fin de mes». Entiendo ese sentimiento, pero esta lección no tiene nada que ver con si tienes mucho dinero o no. Simplemente dice que le demos a Dios la primera parte: honrarlo dándole dinero y luego pagar tus cuentas. Si esperas para darle a Dios lo que sobra después de haber pagado tus cuentas y usado tu dinero para tus propios deseos, descubrirás que parece que nunca te sobra mucho. ¡El enemigo de tu alma se encargará de eso!

Se necesita un paso de fe para comenzar esta práctica de honrar a Dios primero con tu dinero, pero este es realmente el primer paso hacia la estabilidad financiera para un seguidor de Cristo. ¿Cuánto deberías dar? Piensa en lo que crees que puedes pagar y luego duplícalo. Ese es un buen punto de partida. Dale a Dios más de lo que crees que puedes. Es el único lugar donde Dios nos invita a probarlo. En Malaquías dice: «Pruébame en esto, y verás si no abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre ti bendición hasta que sobreabunde» (Malaquías 3:10).

Dios no nos promete riqueza financiera, pero sí estabilidad y seguridad financiera si lo honramos primero con nuestro dinero. Empieza donde estás, y cuanto antes, mejor, y comprueba si esta lección de vida no es uno de los mejores principios que has puesto en práctica. Como mi papá me decía tantas veces: «Cariño, no puedes dar más que Dios», y te aseguro que es cierto.