¿Eres una persona competitiva? Debo confesar que soy muy competitiva; soy un pésima perdedora. Probablemente no querrías jugar Monopoly o Scrabble conmigo. Ahora bien, ser competitivo puede tener sus efectos positivos. Te hace esforzarte mucho para ganar. Pero también tiene efectos muy negativos. Estoy examinando los impulsos que debemos resistir, y aquí hay otro:

Resiste el impulso de intentar ser mejor que los demás, de ganar siempre.

No todos podemos ser buenos en todo, por mucho que nos esforcemos. Y cuando nos comparamos con los demás por celos o competitividad, es una clara indicación de que algo anda mal con nuestra motivación. Si quiero hacer algo bueno o extraordinario solo para demostrar que puedo hacerlo mejor que nadie, entonces es obvio que necesito confesar el pecado de la envidia y el orgullo y pedirle a Dios que purifique mi corazón.

Esta siempre ha sido una lección difícil de aprender para mí, y debo admitir que es una que debo reaprender continuamente. Hay muchísima gente que puede hacer las cosas mucho mejor que yo. Es una realidad. Eso no me excusa por ser descuidada o por no aprovechar al máximo lo que tengo. Pero tampoco significa que lo que hago sea inútil simplemente porque no sea tan bueno como lo que hace otra persona.

Dios me ha dado el privilegio y el don de enseñar y amonestar. Ese es mi don, y me encanta. Pero me ha llevado demasiado tiempo llegar al punto de poder escuchar a otros oradores y maestros cuyas habilidades y dones son superiores a los míos, y simplemente aprender de ellos y agradecer a Dios por sus dones.

Dios no te compara con nadie. Sin embargo, sí espera que tomes lo que te ha dado y lo mejores. De eso se trata la parábola de los talentos. No importa con qué empieces; importa lo que hagas con lo que has recibido. Pablo le escribió al joven Timoteo: «Aviva el fuego del don de Dios que está en ti». Esa es una oración que suelo hacer: ser una buena administradora de mis dones y oportunidades, pero la buena noticia es que no tengo que ser mejor que nadie. Créeme, es un impulso al que hay que resistir.