A veces parece que la Biblia nos da una guía contradictoria. Por ejemplo, en Filipenses 4:4, el apóstol Pablo nos exhorta a regocijarnos siempre en el Señor, y por si no lo entendimos, repite: «¡Otra vez les digo, regocíjense!». Los seguidores de Cristo deberían ser personas alegres. Esto parecería indicar que siempre debemos ser positivos, sonreír y nunca sentirnos tristes. Pero luego, en Romanos, el mismo apóstol Pablo nos dice que lloremos con los que lloran.

El rey David, en los Salmos, expresó repetidamente su más profundo dolor y sus preguntas más íntimas a Dios. Más de la mitad de los Salmos se llaman Salmos de lamentación.

¿Nos rechazará el Señor para siempre? ¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad? ¿Se habrá agotado para siempre su gran amor y su promesa por todas las generaciones? ¿Se habrá olvidado Dios de sus misericordias y en su enojo ya no quiere tenernos compasión?. (Salmo 77:7-9)

Eso no se parece mucho a regocijarse siempre en el Señor. De hecho, es un lamento, una oración de dolor, una expresión sincera y cruda de pena y tristeza. Piensa en cómo Jesús se lamentó en el Huerto de Getsemaní cuando confesó: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte». Y en la cruz, clamó a gran voz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». ¡Y hay un libro entero en el Antiguo Testamento llamado Lamentaciones!

Incluso un breve repaso de las Escrituras confirma que quienes siguen a Cristo tendrán momentos de lamento en sus vidas. De alguna manera, a menudo hemos pasado por alto esta práctica bíblica, por lo que muchos cristianos se sienten culpables al lamentarse. Pero el lamento sincero no solo está permitido, sino que se alienta en la Palabra de Dios. ¿Será que necesitas aprender a lamentarte?

Por favor, entiende que no me refiero a compadecerte de ti mismo cada vez que te sientes herido. Pero sentir tristeza, dolor y sufrimiento cuando la vida nos trae malas noticias inesperadas o días difíciles debería llevarnos a oraciones de lamento sinceras y honestas. La Biblia nos da algunas pautas para expresar nuestros lamentos, lamentos que conducen a la aceptación, la liberación, la guía y, finalmente, a la alegría, según sea que necesitemos.