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Si últimamente te has sentido desanimado, probablemente también te hayas sentido culpable por ello. Pero es bueno recordar que todos pasamos por momentos de desánimo. Creo que es importante enfatizar que desanimarse no es pecado. Dios usa a las personas desanimadas; Dios entiende el desánimo; el desánimo es una emoción normal e inevitable con la que todos debemos lidiar. Nos llega de diferentes maneras, por diferentes razones y en diferentes momentos, pero nadie escapa del desánimo.
Sin embargo, hundirse en el desánimo es otra historia. Jesús nos advirtió: «En este mundo tendrán aflicción. ¡Pero tengan ánimo!». Él dijo: «Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).
El desánimo se vuelve pecado cuando nos negamos a tener ánimo, como Jesús nos mandó.
¿Qué significa tener ánimo? Creo que podemos aprender de David, quien a menudo luchó contra el desánimo. En el Salmo 42, David dice: «Mis lágrimas han sido mi alimento día y noche». David está obviamente desanimado. Y continúa: «Mi alma está abatida dentro de mí. Digo a Dios, mi Roca: “¿Por qué te has olvidado de mí?”».
Identifica el desánimo
David comienza a vencer su desánimo expresándoselo al Señor. No hay necesidad de fingir que todo está bien. Hasta que no lo manifiestes abiertamente y lo llames por su nombre, seguirá supurando. David es abierto y honesto con el Señor, y dice exactamente lo que siente. Nosotros debemos hacer lo mismo. Pero recuerda que David habló con el Señor sobre sus problemas; así es como debemos hacerlo en lugar de descargárselos a los demás.
Anímate a ti mismo
Pero no se detiene ahí. Después de identificar su desánimo, David se habla a sí mismo y dice: “¿Por qué te abates, alma mía? ¿Por qué te turbas? Pon tu esperanza en Dios, porque aún he de alabarle, mi Salvador y mi Dios”. En once versículos, David se repite estas palabras tres veces. Sigue recordándose quién es Dios y a quién pertenece.
¿Qué te dices a ti mismo cuando estás desanimado? ¿Más palabras desalentadoras? Eso es lo que la mayoría hacemos, y cometemos un grave error. Claro, necesitas expresarlo todo abiertamente, pero una vez que lo hayas dicho, empieza a decirte las cosas correctas. Ofrece un sacrificio de alabanza: alaba cuando no lo sientas o ni siquiera quieras hacerlo.
Una excelente manera de hacerlo es empezar a recitar todo aquello por lo que estás agradecido, si es posible, en voz alta. A veces uso el método de alabanza del alfabeto: encuentro algo sobre Dios por lo que agradecerle con cada letra del alfabeto. Es una gran cura para el desánimo.