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Si eres como yo, quieres respuestas. A mí no me gustan las preguntas sin respuestas, ¿y a ti? No me gustan los cabos sueltos ni los asuntos sin terminar. Sin embargo, la vida está llena de ellos.

Tal vez ahora mismo te encuentres en medio de alguna situación para la que no encuentras respuesta. Dios está en silencio. Los cielos son como piedras. Has rogado explicaciones, pero ninguna ha llegado. ¿Qué hacemos cuando no hay respuestas?

María y Marta se enfrentaron a ese dilema cuando murió Lázaro. Conoces la historia. Mandaron a buscar a Jesús para que viniera a sanar a Lázaro. Estaban seguras de que Jesús podía sanarlo y evitar su muerte, y que lo haría, porque sabían cuánto amaba Jesús a Lázaro y a ellas.

Enviaron su grito de ayuda, pero leemos en Juan 11:6 que… cuando Jesús oyó que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más donde estaba. Los amaba, pero no vino a rescatarlos. ¿Por qué? Puedo ver a Marta y María esperando al lado de su hermano enfermo, esperando que Jesús entrara por la puerta en cualquier momento. Sabían que podría haber estado allí en breve, pero a medida que pasaban las horas y los días, Jesús no aparecía. Y Lázaro empeoraba cada vez más, y lo vieron morir.

¿Crees que se preguntaron si Jesús realmente las amaba durante ese tiempo? ¿No imaginas que debieron sentirse abandonadas y desamparadas por Jesús, al darse cuenta de que podría haber venido y sanado a su hermano, pero eligió no hacerlo? ¿Te has sentido así? Creo que todos pasamos por reacciones similares cuando no hay respuestas.

Cuando Jesús finalmente llegó, era demasiado tarde; Lázaro ya estaba muerto. Marta estaba molesta con Jesús, y leemos en Juan 11:21 que le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Ella le pidió una respuesta a su pregunta: ¿Por qué no viniste, Señor?

Me parecen muy interesantes las palabras que Jesús le dirigió en ese momento. Él no defendió sus acciones; no dijo: “Marta, déjame explicarte exactamente lo que hice y por qué”. No, cuando Marta buscaba respuestas a su pregunta sin respuesta, Jesús la llevó de regreso a lo básico.

Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26). Él confrontó a Marta con la realidad de quién era él y la hizo cambiar su manera de pensar.

Verás, si Marta creía que Jesús era la resurrección y la vida y que debido a que Lázaro había creído en él, Lázaro viviría para siempre, entonces esta separación temporal se vería muy diferente para Marta. Jesús quería que ella pensara más allá de lo inmediato y mirara lo eterno. Quería que ella pensara en quién era él y qué tipo de poder tenía. Y ella confesó en voz alta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que había de venir al mundo” (Juan 11:27).

Cuando no tengas respuestas, detente y haz una pregunta diferente: ¿Quién crees que es Jesús? ¿Crees que él es la resurrección y la vida? Si es así, confiesa en voz alta exactamente lo que crees acerca de la persona de Jesús. Es importante que lo digas en voz alta, para que puedas escuchar tu propia confesión de fe.

Es posible que nunca sepamos algunas de las respuestas que estamos buscando de este lado del cielo, pero siempre podemos saber con confianza la respuesta a la pregunta: ¿Quién crees que es Jesús? Al concentrar tus pensamientos en quién es él, tendrás la paz y la fuerza que necesitas para esas preguntas sin respuesta. Si esa fue la pregunta que Jesús le hizo a Marta cuando ella quería respuestas, entonces seguramente es el punto de partida para nosotros hoy cuando queremos respuestas.

Todos recordamos el final de esta historia: Jesús satisfizo su necesidad al realizar un milagro increíble y resucitar a Lázaro de entre los muertos. En este caso, María y Marta finalmente obtuvieron respuestas, ya que vieron a su hermano salir después de cuatro días en esa tumba. Y ese milagro fue el tema de conversación de la ciudad durante días y semanas, como pudrás imaginar. De hecho, muchas personas creyeron en Jesús cuando vieron y oyeron acerca de Lázaro. 

Así, con el tiempo, Marta y María pudieron decirse la una a la otra: “Cuando parecía que Jesús nos había abandonado, en realidad estaba trabajando a nuestro favor para hacer algo aún más grande de lo que podíamos imaginar”.

A veces, las cosas funcionan así. Pasamos por el período sin respuestas, las circunstancias que no tienen sentido para nosotros, pero más adelante, en el tiempo de Dios, podemos ver cuál era el buen propósito de Dios.

Tal vez ahora te encuentres en esa situación difícil en la que se encontraban María y Marta al principio. Te preguntas por qué Jesús no ha venido a ti; te sientes no amada y abandonada por Él. Por favor, ten valor y recuerda que a menudo malinterpretamos el cronograma de Dios. Puede ser que pronto veas la liberación de Dios y tus ojos se abran para entender los porqués.

Pero, ¿qué pasa si no obtienes esas respuestas? Tu Lázaro nunca sale de la tumba. Te quedas con esas preguntas sin respuesta, tal vez incluso por el resto de tu vida.

Sabes, creo que para los cristianos que verdaderamente han puesto su fe en Jesús, que conocen su poder, que creen con todo su corazón que Él puede rescatarlos de cualquier circunstancia, es extremadamente difícil enfrentar el hecho de que Dios no va a responder a su oración y que nunca sabrán por qué suceden ciertas cosas. Después de todo, se supone que tenemos respuestas, ¿no es así? Siempre le hemos dicho a la gente que Jesús es la respuesta, que Jesús puede satisfacer todas sus necesidades. Por lo tanto, esas preguntas sin respuesta pueden socavar su fe y hacer que duden del Dios al que sirven.

Bueno, ciertamente no les voy a decir que tengo respuestas a sus preguntas sin respuesta. No las tengo, y cuanto más vieja me hago, más sé que hay momentos en los que me doy por vencida y digo: “No entiendo”.

Lo que quiero decir es que, si tienes preguntas sin respuesta, es normal que sientas ira y frustración. Dios no te va a condenar por hacer las preguntas, por sentir ira ante las circunstancias injustas. Incluso entiende que es probable que pases por un período de enojo con él. Dios es lo suficientemente grande como para manejar tu ira.

Pero, ¿cómo lidiar con eso? Bueno, creo que los Salmos nos son de gran ayuda aquí, pues con frecuencia tanto David como Asaf expresaron su frustración por la falta de respuestas.

En el Salmo 44:9-24 David le dice al Señor: Pero ahora nos has rechazado y humillado… Nos has puesto por oprobio a nuestros vecinos… Nos has puesto por burla entre las naciones;… Todo esto nos ha sucedido, aunque no nos habíamos olvidado de ti ni habíamos faltado a tu pacto…. Despierta, oh Señor, ¿por qué duermes?… ¿Por qué escondes tu rostro y olvidas nuestra miseria y opresión?

Ese es un hombre enojado, expresándoselo abiertamente a Dios. Y En ese momento, sin respuestas a sus preguntas, su ira se desahogó contra Dios.

Ahora bien, no quiero dar a entender que creo que debemos gritarle a Dios cuando queramos, pero sí quiero decir que, si estás viviendo con esas preguntas difíciles y sin respuesta, está bien que le digas a Dios exactamente cómo te sientes al respecto. Por favor, díselo a Dios; de todos modos, él conoce tus sentimientos y pensamientos, y si no los expresas o tratas de negarlos o ignorarlos, se convertirán en amargura y depresión.

¿A quién mejor decírselo que Dios? Él te entiende completamente y nadie será más justo o más amable contigo que él. Él no reprendió a Marta por sus preguntas. No reprendió a David y Asaf por expresar su ira. ¿Y no es interesante que todo eso esté registrado en las Escrituras para que lo leamos? No es un accidente, ¿sabes? Está ahí para mostrarnos cómo lidiar con las preguntas sin respuesta. Así que, si las preguntas y la ira arden en tu interior, quédate a solas con Dios y exprésale las preguntas en voz alta.

He notado que cada vez que David o Asaf expresaban su frustración por las preguntas sin respuesta, pronto volvían a esa confianza básica en Dios, que era la piedra angular de sus vidas. Una de las frases frecuentes de David era: “¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarlo, ¡salvación mía y Dios mío!” (Salmo 43:5).

Observas que David hablaba consigo mismo. Es como si se sentara en una silla y dijera: “Está bien, David, hablemos. ¿Por qué cuestionas a Dios? ¿No sabes que él es el que puede liberarte?”.

Asaf expresó su ira contra Dios en el Salmo 77:7-8, diciendo: “¿Acaso nos desechará el Señor para siempre? ¿Ya no volverá a ser propicio? ¿Se ha agotado para siempre su misericordia?”. Luego de decir esas palabras de duda y enojo, y creo que oyó en sus propios oídos lo tontas que eran, Asaf dijo: “Pero después me acuerdo de todo lo que has hecho, oh Señor; recuerdo tus obras maravillosas de tiempos pasados. Siempre están en mis pensamientos; no puedo dejar de pensar en tus obras poderosas.” (Salmo 77:10-12).

Asaf sacó de su boca las palabras necias y airadas, expresando a su Dios comprensivo y paciente toda su ira y frustración. Y luego cambió su manera de pensar y comenzó a recordar todo lo que Dios había hecho. Ahí está nuestra respuesta, amigos. Renovar nuestras mentes con un pensamiento correcto acerca de quién es Dios y lo que ha hecho por nosotros. Así como Marta necesitaba volver a lo básico acerca de Jesús, así como David y Asaf necesitaban volver a quién es Jehová Dios y lo que había hecho, así también debemos hacerlo nosotros.

Cuando las preguntas no tienen respuestas, tenemos que abandonarlas y estar dispuestos a vivir con las preguntas sin respuesta. Pero no tenemos que vivir desesperados o enojados; el mismo Dios que por la razón que sea no responde a nuestras preguntas es el Dios que nos traerá consuelo y fortaleza para enfrentarlas. A menudo pienso en la pregunta que Jesús les hizo a sus discípulos cuando muchos de sus seguidores lo estaban abandonando. Entonces Jesús, mirando a los Doce, les preguntó: —¿Ustedes también van a marcharse?  Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes las palabras que dan vida eterna”  (Juan 6:67-68).

Amigo mío, ¿a dónde más irás con tus preguntas sin respuesta? Si no hay respuestas de Dios, entonces confía en que Él te ayudará a salir adelante. Hay una canción que me gusta mucho. Dice:

Dios es demasiado sabio para equivocarse,

Dios es demasiado bueno para ser cruel;

Así que cuando no entiendas, cuando no puedas ver Su plan,

Cuando no puedas rastrear Su mano, confía en Su corazón.

Cuando no puedas ver por qué está haciendo lo que está haciendo, aún puedes confiar en Su bondad y Su amor por ti. Cuando no puedas rastrear Su mano, confía en Su corazón.