Voy a empezar un versículo y quiero ver si puedes terminarlo: Quédense quietos…

¡Eso es! Quédense quietos y sepan que yo soy Dios (Salmo 46:10). Es un versículo muy conocido. Tú y yo podemos recitarlo con facilidad. Pero aquí va una pregunta más difícil: ¿lo practicamos? ¿Qué significa? ¿Cómo lo hacemos?

A primera vista parece un mensaje muy sencillo y directo: Quédense quietos y sepan que yo soy Dios. Pero he descubierto que no es tan fácil ponerlo en práctica en mi vida, y tengo el presentimiento de que tú también has vivido esa experiencia.

Primero, no es fácil simplemente quedarse quieto, ¿verdad? Vivimos en un mundo que parece estar en movimiento perpetuo. A la mayoría nos queda más por hacer de lo que logramos terminar. No está de moda «estar quietos». A las personas exitosas no se las ve como personas «quietas»; al contrario, son activas. Tenemos la idea de que si no estamos haciendo algo, no estamos siendo productivos.

Quienes somos madres recordamos cuántas veces daríamos lo que fuera por que nuestros hijos se quedaran quietos. ¡Toda esa energía y ese movimiento constante! ¿Cuántas veces has tomado a tu hijo o a tu hija por los hombros, lo has mirado a los ojos y le has dicho: «Por favor, ¡QUÉDATE QUIETO!»? Sientes que no puedes avanzar con ellos hasta que simplemente se DETENGAN.

¿No crees que Dios, nuestro Padre, nos dice lo mismo a nosotros? «Detente. ¡ALTO! Deja de trabajar, deja de moverte, deja de hablar, deja de mirar tu celular: ¡simplemente PARA!» El primer obstáculo que enfrentamos es lograr que nuestro cuerpo se quede quieto, que literalmente deje de moverse, y para la mayoría eso no es fácil.

He aprendido que debo programar en mi día un tiempo de quietud. Hay que apartarlo y darle la más alta prioridad. Para mí, tiene que ser temprano en el día, antes de que mi mente se llene de cosas, mi concentración se divida y mi cuerpo esté cansado.

¿Te cuesta aprender a aquietarte? Te animo a que tomes este versículo en serio y no dejes que el mundo te meta a la fuerza en su molde de movimiento constante. Si no aprendes a aquietarte, nunca podrás llegar a conocer a Dios como realmente quieres.

Pero estar quietos implica algo más que dejar de mover el cuerpo.