Uno de los versículos más conocidos de las Escrituras es: Quédense quietos y sepan que yo soy Dios (Salmo 46:10).  Este versículo es engañosamente sencillo, porque encierra la verdadera clave para vivir con éxito la vida cristiana.

Te mencioné que primero tienes que lograr que tu cuerpo esté quieto: encontrar un tiempo y un lugar de quietud. Pero yo puedo levantarme temprano, llevar mi cuerpo a ese lugar tranquilo y descubrir que aun así no estoy quieta. Ahí es donde empieza de verdad la batalla para mí. Mi mente empieza a ir a mil por hora. Es fácil perder la concentración en el propósito de este tiempo de quietud. Aunque mi cuerpo está en el lugar correcto, no estoy quieta delante de Dios.

Para estar quieta delante de Dios, necesito ese enfoque interior que se centra en Dios y solo en Dios. Necesito llegar al punto en que, durante ese tiempo, él sea mi universo entero y no se permita que ninguna información ajena o contradictoria interfiera.

¿Cómo puedo llegar al lugar donde pueda estar verdaderamente quieta delante de Dios, completamente absorta en su presencia y su realidad, sin que nada interfiera? Con franqueza, no creo que sea fácil para ninguno de nosotros, porque nuestros tres enemigos —el mundo, la carne y el diablo— quieren romper esta quietud interior. Puede desatarse una guerra espiritual cuando nos sentamos a estar quietos delante de Dios.

Estas son algunas cosas que me han ayudado. Primero, empiezo orando por concentración interior, reclamando la sangre de Cristo como protección y poniéndome el casco de la salvación para que mi mente no divague.

Cantar también me ayuda a estar quieta delante del Señor, así que a veces canto un himno o un coro que se centre en Dios. Prueba tener cerca una libreta para que, cuando tu mente empiece a pensar en cosas que tienes que hacer, puedas anotarlas rápidamente y luego volver a tu tiempo de meditación. Y simplemente prepárate para perseverar, por mucho que tu mente divague. Sigue volviendo a enfocarte. No te rindas.

Así que este sencillo versículo que nos dice Quédense quietos y sepan que yo soy Dios exige mucha disciplina de nuestra parte. Tenemos que comprometernos con ello y pedirle a Dios que nos dé la fuerza para estar quietos, tanto por fuera —deteniendo el movimiento perpetuo y encontrando tiempo para estar a solas con Dios— como por dentro, enfocando nuestros pensamientos y nuestra mente solo en él.